martes, 5 de julio de 2011

La religión de los judíos

Jesús nació judío, se crió en el judaísmo e inició su Magisterio ateniéndose escrupulosamente a la religión de sus ancestros. Por ello, los cristianos consideramos sagrado lo mismo que Jesús consideró sagrado. Para nosotros el Antiguo Testamento es Palabra de Dios revelada. Jesús vino para engrandecer aquella revelación, para completarla y darla a conocer a todos los pueblos de la Tierra.
La religión judía se basa en un principio: la adoración al único Dios (Yahvéh) y la estricta obediencia a su Ley religiosa escrita: la Torah.

La Torá hebrea.

La Torá hebrea es la compilación de la Ley revelada a Moisés por Dios y era el punto central en torno al cual se desarrollaba toda la vida judía. La religión judía es una religión muy estricta porque desarrollo final de su Ley está condicionado por la durísimas condiciones de vida de la marcha a través del desierto con Moisés y la conquista de la Tierra Prometida con Josué. Algunos ejemplos:

1- los judíos tienen prohibido comer carne de cerdo, ¿por qué? porque un atracón de cerdo en un clima desértico tiene efectos más que negativos.

2- Los judíos son sumamente estrictos con el tema de la impureza. Así, hay ellos distinguen entre cosas que son puras y cosas que son impuras, cosas que se pueden tocar y cosas que no, y si se toca algo impuro hay que descontaminarse lavándose concienzudamente para purificarse. Evidentemente esto tiene una raíz disciplinaria: un pueblo en marcha necesita unas medidas higiénicas constantes para evitar enfermedades, contagios, epidemias, etc.

Los judíos hacían constantes sacrificios a Dios: animales, vegetales o incienso eran sacrificados diariamente en el Templo por los sacerdotes.

Los sacerdotes se contaban por miles y eran los encargados de todo el ritual sagrado judío. Además, eran los intérpretes de la Ley mosaica (la ley de Moisés). Debían ser personas puras según sus cánones, por lo que no podían tener ningún defecto físico. Además debían ser de la tribu de Leví (una de las doce tribus en las que se dividían los judíos). Su salario provenía de un impuesto especial que pagaban los judíos. El día sagrado de los judíos era el sábado (Sabbath).

En los Evangelios se habla de distintas ramas de la religión judía o castas sociales (que todo se mezcla) porque en el siglo II a.C. el judaísmo se había escindido en dos facciones:

Los Fariseos creían que la Ley mosaica era un código vivo y que por tanto su vida debía atenerse exclusivamente a lo que en él estaba prescrito. Creían en la inmortalidad del alma, la resurrección de los muertos, los ángeles y los demonios y tenían sus propios barrios en las ciudades y aldeas en el campo. En la época de Jesús los escribas, los encargados de copiar las escrituras y los fariseos eran prácticamente lo mismo. Jesús llamará hipócritas a la mayoría de ellos y les dirigirá sus críticas. Los fariseos perseguirán a Jesús porque desde el primer momento vieron en Cristo un peligro para sus viciados intereses de casta.

Los saduceos eran la facción aristocrática del judaísmo. Se diferenciaban por aceptar la Ley mosaica literalmente y rechazar todo lo que no se encontrara en ella, por lo que pensaban que Dios no se inmiscuía en la vida cotidiana de los hombres y que cada cual podía hacer lo que creyera más conveniente para sí. No creían ni en la inmortalidad del alma ni en la resurrección de los muertos.

Otra rama mucho menos conocida fueron los esenios, que adquirieron gran importancia histórica con el descubrimiento en 1947 de los famosos escritos de Qumrán escondidos en una gruta cerca del mar Muerto. Eran integrantes de una comunidad religiosa contemporánea a Jesús que desaprobaban las prácticas religiosas de Jerusalén y se habían retirado al desierto para formar una comunidad de orantes que creía que el fin del mundo era inminente. Algunos quieren ver un antecedente de los cristianos en este grupo, pero esto es incorrecto ya que los esenios como grupo religioso nunca fueron cristianos.

El consejo supremo de los judíos era el Sanedrín formado por 71 miembros con mayoría de los saduceos. En la época de Jesús sólo tenía competencias religiosas.


Los judíos celebraban cinco fiestas principales: Pascua, Pentecostés, festival de la Cosecha, fiesta de las Trompetas y día de la Expiación. Además de éstas se celebraban todos los sábados y fiestas menores. La noche del viernes sonaban las trompetas del Sabbath y todos debían interrumpir el trabajo porque la Ley mosaica prohibía cualquier tipo de labor en sábado. Incluso las comidas debían prepararse el viernes. Por la mañana se congregaban en la sinagoga.
La sinagoga era un edificio generalmente de planta cuadrangular con una sala amplia donde se reunían los judíos para orar. Cada sinagoga estaba dirigida por un comité elegido entre los lugareños. La ceremonia comenzaba con un hombre que oraba y después otros siete que leían pasajes de la Torá. Al terminar la lectura se decía un sermón. Al atardecer volvían a sonar la trompetas y se daba por finalizado el Sabbath.

La vida religiosa oficial de Israel se articulaba en torno al grandioso Templo de Jerusalén.

El Templo de Jerusalén tal y como lo vio Jesús a principios del siglo I de nuestra era. La ilustración lo muestra visto desde el sur. En la esquina noroeste se alza la imponente mole de la fortaleza Antonia, una de cuyas torres formaba parte del Templo. La Antonia estaba ocupada por una cohorte de auxiliares del ejército romano bajo el mando de un tribuno.


Durante las celebraciones los soldados ocupaban los techos del atrio en previsión de disturbios.

El Templo de Jerusalén tiene sus orígenes en el Templo construido por el rey Salomón y que tras su destrucción fue reedificado por Zorobabel después del exilio en Babilonia. Tras la guerra que le dio definitivamente el trono, el rey Herodes el Grande llevó a cabo una obra colosal de reconstrucción total que comenzó entre el 20-19 a.C. y que sólo se terminaría completamente tras 60 años de trabajos. Herodes dobló la extensión del Templo antiguo, para lo que hubo que construir gigantesco muros de contención a fin de crear una plataforma artificial, ya que el terreno se hallaba en pendiente del valle de Cedrón (allí el nivel de la plataforma está a unos 45 metros del suelo). Para descargar el peso, en la esquina sudeste la plataforma se sostenía en un sistema de arcos de descarga conocidos como "los establos de Salomón". El nuevo patio tenía planta rectangular y medía 480 x 300 metros. Estaba rodeado por paredes de piedra de 5 m. de espesor. De aquella inmensa construcción hoy nos queda la gran plataforma que aún sigue dominando Jerusalén. Hoy, gracias a las excavaciones arqueológicas que se han podido llevar a cabo a partir de 1967 en el perímetro (aquella zona no está para muchas bromas...) tenemos una idea bastante exacta de todo lo que fue este colosal recinto sagrado. En concreto, la parte de la zona inferior de la imagen, con la gran escalera en forma de L (extremo inferior izquierdo) que daba acceso a la zona de reuniones y parte administrativa del Templo (a partir del año 30 d.C. se reunía allí el Sanedrín), y las grandes escalinatas centrales que llevan a la zona de reuniones y la parte superior izquierda, donde se hallaba la famosa "Torre Antonia", la fortaleza que se alzaba amenazadoramente en una de sus esquinas y una de cuyas torres (la más alta) se adentraba en el mismo recinto del patio del templo. Las excavaciones de la zona sur han sacado a la luz un edificio de baños rituales donde los judíos se purificaban antes de acceder al Templo.


El Templo constaba de dos partes: el enorme pórtico exterior que formaba un cuadrado porticado en su parte interna con enormes columnas delimitaba un patio llamado "atrio de los gentiles" al que todos podían acceder fueran judíos o gentiles, hombres o mujeres y el edificio del Templo en sí, situado en el centro del patio y que tuvo que ser construido por mil sacerdotes adiestrados en albañilería a fin de que manos impuras no lo profanaran antes de ser consagrado. Un muro bajo de medio metro de altura en la que había placas donde se leía la siguiente advertencia en griego y en latín: "Ningún extranjero podrá entrar en la balaustrada y recinto que rodean la zona del templo. El que sea capturado será reo de muerte". Este edificio constaba de varias partes diferenciadas: tenía nueve entradas cuyas puertas estaban forradas de placas de oro y plata. Las tres puertas occidentales daban acceso al llamado "patio de las mujeres". Desde éste, una gran puerta de bronce daba acceso al "patio de los israelitas" donde las mujeres no podían acceder y que estaba presidido por un enorme altar de mármol blanco donde se hacían los sacrificios diarios y tras él la fachada monumental del recinto sagrado, un edificio en forma de T de mármol blanco y oro. Este edificio constaba de dos recintos: el primero era el Santuario, cuyas puertas de oro estaban abiertas aunque cubiertas por cortinajes. En el santuario, al que sólo podían acceder sacerdotes, se hallaban el calendabro de siete brazos o menorah, símbolo de Israel, la mesa del pan ácimo y el altar del incienso. Más allá, una enorme cortina ocultaba el Sancta Santorum, una enorme habitación sin ningún tipo de decoración ni mueble alguno donde sólo podía entrar el sumo sacerdote una vez al año para quemar incienso el día de la expiación.

En este Templo comenzó Jesús su vida pública a los doce años, según nos relata Lucas en el segundo capítulo de su Evangelio, versículos 40-49:


El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.

Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua.

Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta

y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo su padres.

Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles;

todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.

Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.»

El les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»