miércoles, 29 de febrero de 2012

Porque todos los que tomen espada a espada morirán.

Salmo 31


2 A ti, Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado: ¡tú que eres justo, ponme a salvo! 3 Inclina tu oído hacia mí, date prisa en librarme. Sé para mí una roca de refugio, el recinto amurallado que me salve. 4 Porque tú eres mi roca y mi fortaleza; por tu nombre me guías y diriges. 5 Sácame de la red que me han tendido, porque eres tú mi refugio. 6 En tus manos encomiendo mi espíritu, y tú, Señor, Dios fiel, me librarás. 7 Aborreces a los que adoran ídolos vanos, pero yo confío en el Señor. 8 Gozaré y me alegraré de tu bondad porque has mirado mi aflicción y comprendido la angustia de mi alma; 9 no me dejaste en manos del enemigo, me has hecho caminar a campo abierto. 10 Ten piedad de mí, Señor, pues estoy angustiado; mis ojos languidecen de tristeza. 11 Mi vida se consume en la aflicción y mis años entre gemidos; mi fuerza desfallece entre tanto dolor y mis huesos se deshacen. 12 Mi enemigo se alegra, mis vecinos se horrorizan, y se espantan de mí mis conocidos: si me ven en la calle, se alejan de mí. 13 Se olvidaron de mí, como de un muerto, soy como un objeto inservible. 14 Oigo los cuchicheos de la gente, y se asoma el terror por todas partes. Se unieron todos en mi contra, tramaron arrebatarme la vida. 15 Pero yo, Señor, confío en ti, yo dije: Tú eres mi Dios. 16 Mi porvenir está en tus manos, líbrame de los enemigos que me persiguen. 17 Que sobre tu servidor brille tu rostro, sálvame por tu amor. 18 A ti clamé, Señor, no sea confundido; confundidos sean los impíos, lánzalos a la mansión del silencio. 19 Enmudece los labios embusteros, que hablan insolencias contra el justo con orgullo y desprecio. 20 Qué bondad tan grande, Señor, es la que reservas para los que te temen. Se la brindas a los que en ti esperan, a la vista de los hijos de los hombres. 21 En secreto, junto a ti los escondes, lejos de las intrigas de los hombres; los mantienes ocultos en tu carpa, y los guardas de las querellas. 22 Bendito sea el Señor, su gracia hizo maravillas para mí: Mi corazón es como una ciudad fuerte. 23 Yo decía en mi desconcierto: “Me ha arrojado de su presencia”. Pero tú oías la voz de mi plegaria cuando clamaba a ti. 24 Amen al Señor todos sus fieles, pues él guarda a los que le son leales, pero les devolverá el doble a los soberbios. 25 Fortalezcan su corazón, sean valientes, todos los que esperan en el Señor.